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En los momentos en los que la crisis económica mundial descubre las lindezas de aquel Estado de Bienestar, el cual nunca dejo de ser un más o menos bien tapado estado liberal burgués, hordas de progresistas de pana, puño en alto y camisetas de colores campan a sus anchas en las calles de todas las ciudades del viejo y aun “coleante” imperio del Occidente capitalista.

Con campan a sus anchas he de decir que uno se refiere a la especial virtuosidad del progresista de hoy, cuya mayor referencia posible en el plano de la protesta se circunscribe, para asombro del viejo comunista, en los derechos humanos y en una mezcla pseudo-hippie de discurso pacifista, toda vez que sus máximas referencias son la lamentable y corrompida Amnistía Internacional y la pérfida e hipócrita ONU. Organismo de escasa independencia en el plano efectivo y de buen disfraz y mejor consumición para el progre de salón, ese cuya máxima aspiración-con todo el respeto- es protestar semana tras semana de manera ordenadita por el cordón policial habilitado, y siempre contra problemas concretos, no globales. Ni rastro de revolución en su discurso, ni rastro de confraternidad, ni del viejo barbudo de Tréveris; deben pensar que los cambios estructurales del sistema económico burgués, su decadente, per se, democracia y su aparato de dominio ideológico caen por si solos; así, deben pensar que la revolución llega, no se hace. O peor aún, que se hace reformando y no revolucionando y destruyendo el sistema actual. Luego posiblemente crean que la crisis es un problema, y no una oportunidad para dejar atrás el denostado, fracasado y vilipendiado Estado del Bienestar tan necesario para la perpetuación pacífica del capitalismo. Aclarando lo anterior, hay que decir que si asumimos que el Estado de Bienestar es la cuña necesaria al capitalismo, la necesaria presa al incesante fluir del agua revolucionaria y violentada obrera, el liberalismo actual, instalado en el Estado español, así como en las poltronas del resto de Europa, está, desde luego, haciendo un poderoso favor a los revolucionarios que quieran aprovechar la coyuntura, pues destruyendo la presa, limitando o suprimiendo la industria migajas a la clase trabajadora, dan armas de base para la concienciación obrera y el accionar revolucionario.

Pero desde luego los progres de salón, los que se creen que es más importante llevar al Che tatuado, o ver : Salvados, que tomar la iniciativa, han asumido la vanguardia obrera, haciendo suyo y transmitiendo al resto el mensaje de la socialdemocracia, para la cual, la salva del Estado de Bienestar es mejor que fundar repúblicas sociales, o socialistas. Es mejor la migaja que la nada, y mientras tanto, pierden la perspectiva del todo. Así ha funcionado la corrompida “bersteniana”, y ha sido tal su triunfo que de ser una minoría dentro de la II Internacional, ha acabado por ilustrar a las masas y hacer de su limitación de los objetivos, la reforma, en un sinónimo grotesco de la revolución. Solo así se entiende que quien sale a la calle a protestar se crea por gritar, a menudo, bochornosas banalidades revisionistas, un nuevo Lenin de nuestro tiempo. Son aquellos vanidosos y descollantes intelectualoides pacifistas, que por acabar condenando la violencia, terminan por equipar, en sus generalizaciones sonrojantes, la violencia que ejerció el estado fascista de Mussolini con las luchas y el honroso combate de los partisanos en el país transalpino. Les da igual, y creen que toda violencia es per se mala, sin entender cuán diferente es la defensa y el ataque por la justicia social, que la represión y coacción estatales en defensa de los privilegios de unos pocos (burguesía y tal…). Se escudan en el respeto a la ley como máxima, sin entender que el derecho y la justicia son a menudo esferas que solo de manera probabilística y no fehaciente forman una única realidad, y en creer que el ejercicio de la violencia “legítima” del estado weberiano no debe ser cuestionada o respondida de la misma forma, ni tan siquiera en el supuesto de que el dialogo democrático entre las partes sea imposible porque una de dichas partes es negada por la otra. Por poner un ejemplo, en el discurso marxista, el estado liberal moderno, en sí mismo, es una estructura violenta que ejerce la violencia en el amparo de su teórica legitimidad, por su derecho burgués, y en pos de la protección de los intereses de la clase dominadora del estado: la burguesía. La desigualdad de clase es entonces, el verdadero fundamento de la super-estructura estatal. Pese a todo los socialprogresistas de hoy, como los de ayer, creerán que el estado burgués se reforma, y sin entender ni un poquito ni a Marx, ni a Gramsci si quiera, creerán, también, que los obreros y sus partidos pueden llegar a dominar (gobernar) el estado burgués vía democracia-burguesa representativa (!) y hacer de él una máquina hacia el socialismo (no hará falta recordar que la socialdemocracia europea ha estado en el poder, y que dicha pretensión de transformación se ha reducido a la de ser palmeros del capitalismo, como apunta Casanova, traicionando, así de golpe, la revolución a la que ya había renunciado en origen, y a la propia reforma que llevara hacia el socialismo y desbancara el capitalismo. Como se ha comprobado, la reforma salva la parodia del socialdemócrata, pues lejos de destruir el sistema al que dice no querer, lo perpetúa).

Esos progres que prefieren, aun reconociéndose y declarándose de izquierdas, seguir llamando ciudadanía a la clase obrera y proletaria (no creo que haga falta recordar que quien protesta desde la izquierda difícilmente puede demandar nada para la ciudadanía, pues tan ciudadano es un burgués como el proletario; quien demanda para la ciudadanía es o un izquierdista tan insulso y tan poco de izquierdas que no cree en clases, o simplemente un privilegiado; un burgués vamos.), esos progres que en vez de explicar que los problemas de la pobreza vienen no de un capitalismo inhumano (¡como si el capitalismo no lo fuera de por sí!), sino simplemente del capitalismo, pretenden, hoy, ser la vanguardia de la lucha social y de la justicia social. Si ésa es la primera línea, si esta calaña socialdemócrata y bien mirada por la burguesía, dirige los designios de la historia de la clase obrera contemporánea, como diría Argala “tendremos ocasión de presenciar muchas matanzas, y muy pocas revoluciones”. Si a la represión se responde con flores, malos tiempos se avecinarán, pues no hay flor que inutilice fusiles; ni palabras, los cañones de quien defiende estar por encima del resto, y tener derecho a estarlo. No olvidemos un viejo principio que hay que hacer nuevo: la reforma deja intactas las instituciones podridas y decadentes; pese a su nueva capa de pintura. Ésa es la máxima socialdemócrata: pintar de colores el cuadro negro del capitalismo, pero no destruir el horrible lienzo. La revolución crea, empero, nuevas instituciones. Esto último es el progreso, aquello que debiera definir a los progresistas de hoy, pero que todavía los deja en evidencia, y saca al trasluz su mayor vergüenza; su mayor miseria: su renuncia a la revolución.

A.Almeida.

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