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La Palestina contemporánea formó parte del Imperio Otomano primero, y más tarde, y tras la Primera Guerra Mundial, el territorio quedó bajo mandato británico de acuerdo a la conferencia de paz de Paris. Su población era, por aquel entonces, étnicamente árabe en una inmensa mayoría (90%). Al respecto, Ilan Pappé afirma que: “Si los británicos hubieran llevado a cabo elecciones democráticas para representantes y autoridades locales, como hicieron en Egipto o en Irak, el carácter árabe de Palestina jamás hubiese sido puesto en duda”. Por tanto, la cultura árabe era mayoritaria en la región. Hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mandato británico dividió a los árabes de palestina, favoreciendo las luchas internas, o la división política con árabes al otro lado del Jordán, mientras favorecía el colonialismo judío. Hay que destacar el hecho de que a los británicos les interesó mucho el cumplimiento lento pero incesante de la declaración Balfour, mientras que la propuesta de unificar los territorios árabes parecía ya un mal recuerdo hecho al rey Husayn de la Meca, pues nada de esto se cumpliría. Siendo además muy evidente la división profundamente artificial del conjunto de la población árabe, a la cual se territorializó de manera sangrante e impositiva de acuerdo al modelo colonial de creación de fronteras (más allá del Jordán: Transjordania, al oeste: Palestina).

En ese sentido, la identidad palestina la creó, propiamente, el asentamiento judío, y la división británica entre territorios étnicamente iguales (árabes> de Siria, Palestina y Transjordania) de la región. Los palestinos, divididos de sus allegados ahora transjordanos, arraigaron poco a poco, y entre las élites, ciertas tendencias a la adopción de un estado del tipo occidental, basando su concepción en un nacionalismo que se sustentaba en la llegada masiva, tras la Segunda Guerra Mundial, de colonos judíos, al calor de la doctrina irónica de éstos: una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra. Los árabes de palestina debían ser árboles.

Tras la retirada británica en 1948, la ONU creó oficialmente dos estados uno árabe-palestino, otro israelí. El 60% de la población árabe se quedó con la mitad del territorio, los judíos, el 30%, con la otra mitad. A esa injusticia, añadamos otra; el estado palestino estaría dividido en dos territorios que se cruzarían por la gran franja de territorio israelí. Ni que decir tiene que dicha división favorecería-y favorece a pesar de que Palestina no sea un país- el control de población por parte de Israel, ya que un hipotético paso de un ciudadano del estado palestino a uno de sus territorios dependería más de un estado extranjero, Israel, que del suyo propio. Un cierra de fronteras israelí supondría, y de hecho supone, simple y llanamente cerrar la soberanía fronteriza de un estado y la movilidad de sus ciudadanos. Lógicamente, los árabes de Palestina no aceptaron aquella repartición, pero su no aceptación no solo no provocó que Israel se sentara a negociar una nueva territorialización, sino que dejó a Palestina a merced del nuevo Estado Israelí, que más poderoso y apoyado por EE.UU. se fundó con amplias y extensas capas de territorio que no correspondían a la población judía existente en Palestina. Para colmo de males, los árabes de Palestina, cada vez más territorializados, más arraigados a la Palestina-Estado, más nacionalistas, eran vilipendiados por sus hermanos del otro lado del Jordán y por Egipto, los cuales ocuparon –paradójicamente- los dos territorios que debían ser para el Estado de Palestina.

Y ciertamente, fue Gran Bretaña y sus dirigentes quienes provocaron aquella situación, no debería olvidarse. Pues aquella división ficticia entre árabes y el apoyo descarado y descarnado al sionismo más negacionista árabe de la realidad social del territorio de Palestina, fue enteramente y sin ningún género de dudas causado por la lamentable actuación de Gran Bretaña en el lugar. Y es que la Pérfidia Albión convirtió los territorios bajo mandato de la Sociedad de Naciones, en auténticas pseudo-colonias las cuales al ser devueltas a la ya ONU, engendraron una variedad de problemas y complejidades infinitas. Todas ellas basadas esencialmente en un error de bulto: la aceptación del sionismo como doctrina de geopolítica viable, que basa su concepción en la “recuperación-vuelta” de un territorio cuya población existente por el momento es simplemente negada: «volvamos a Palestina, fundemos Israel, una tierra que necesita de pueblo, a la que le sobran árboles.”

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