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Adrian Almeida. 30-5-14.

Las elecciones europeas han marcado sin duda una nueva tendencia dentro del panorama político de la vieja Europa y de su nueva estructura institucional. Primeramente el auge de los partidos pequeños tanto de izquierda como de derecha ha sido en muchos países ciertamente espectacular. En segundo lugar, el bipartidismo sigue instalado en Europa, sin que haya demasiado cambio al menos en el nivel institucional europeo.

Luego, lo que se puede constatar tras la cita del domingo es que la gran coalición alemana, tanto más tendente a la inercia de su reedición por el miedo, volverá a repetirse dentro de la UE. Y todo ello con el auge de partidos que no pueden si no de catalogarse de fascistas en mayor o menor grado, cuyos fundamentos se inscriben en dos políticas básicas: el liberalismo económico, conservadurismo exacerbado en lo demás. Por el ámbito de la izquierda, mucho me temo que su condena y su penitencia volverá a condenarla al ostracismo. Sus resultados son mejores que su anterior participación, pero sigue anclada en un discurso progresista que no revolucionario, populista que no analítico. Su participación en la democracia burguesa la está simplemente carcomiendo entre tendencias que la trasladan al centro, y a ocupar el antiguo puesto de la socialdemocracia en el reparto de las migajas a la clase obrera europea. Por que como se suele decir, cuando los partidos se mueven al centro, es el centro el que se mueve con ellos, y su inercia es siempre de izquierda a derecha. Así pues, nos encontramos con una socialdemocracia europea ridículamente aflojada de todo discurso de izquierdas, considerando su tradicional coalición con la derecha como un continuum sin visos de volver atrás, y más demolida aun sin saber que hacer más que tirar para adelante con aquel engendro del New Labour. La también llamada “tercera vía” que llevó a la socialdemocracia no ya a apoyar fervientemente el estado de bienestar como perpetuador del sistema capitalista, sino a convertirse en adalid de las políticas liberales, y en girar al centro en ayuda de los nuevos pequeños burgueses y trabajadores de cuello blanco.

Mientras tanto, la izquierda, a la izquierda de los socialdemócratas, giraba (y gira) con ellos hacia el centro sin remedio, y imbuida por un progresismo que a día de hoy puede resultar en parte agradable de masticar, pero que por desgracia me temo que puede producir cierta arcada al tragar.¿ Dónde queda el discurso plenamente revolucionario? ¿El marxismo explicado razonado, analizado convertido en un instrumento de las masas para tomar el poder? Sencillamente ha muerto en el populismo barato, en la crítica a flor de piel y alejada de un planteamiento sistémico. El pueblo trabajador europeo puede confiar en parte solo en los nuevos partidos de nueva izquierda y es en la medida que pueden suponer un tope a la derecha y un sendero hacia la verdadera concienciación de clase; en el sentido en el que pueden convertirse en movilizadores parciales, que como antaño los utópicos, se caracterizaban por rehuir la explicación de la injusticia, en la imaginación de tiempos mejores y proveyendo de un mendrugo seco con el que aliviar las barrigas de los hambrientos. Pero si de verdad se requiere un cambio, no se puede si no analizar, instruir, y convertir a los trabajadores no en máquinas de votos, si no en auténticas armas para la demolición del sistema injusto que los condena en demasiadas ocasiones a tener que manifestarse por que las migajas continúen; por seguir siendo mendigos de la mensualidad de levadura, sal y agua.

Particularmente llamativa es la situación del Reino Unido tras las elecciones, donde la diezmada clase trabajadora tradicional ha perdido cualquier tipo de referente. Primero, nos encontramos con que tres tendencias representan ya al conservadurismo en Gran Bretaña: tories, whigs y ahora el engendro de Farage: el UKIP. Este hecho unido a que los laboristas siguen perdidos buscando algo entre lo que rascar de su indescriptible blairism, hace que la aminorada clase trabajadora tradicional británica simplemente no carezca ni tan siquiera de la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia como elemento movilizador. Tres partidos de derecha y un partido socialdemócrata, que no es ni tan siquiera un vulgar espectro de la antigua tendencia militant encarnada, entre otros, por los ahora tan lejanos Ted Grant o Alan Woods. El único consuelo posible ante esta situación de la que iba a resultar la palanca para la revolución obrera mundial –GB- es que al menos los conservadores (me refiero aquí específicamente a los tories) están simplemente con el agua al cuello ante la irrupción de este nuevo BUF (British Union Fascist) ahora de “moradito” y con las siglas de UKIP. Por el contrario, laboristas y liberales parecen andar un poco más seguros ya que al menos, este nuevo bastardo conservador no parece querer comerles su trocito de centralidad.

En Alemania, a su vez, el ámbito es simplemente desolador. Coalición y mayoría de los dos partidos que poco más tienen que diferenciarse que los colores con los que se presentan a las elecciones. Con una izquierda (die Linke) que mezcla a su vez tanto la socialdemocracia con los discursos comunistas tradicionales, resultando cuanto menos ambivalente y afanosa en anclarse en un marxismo en que mucho me temo que en la práctica no cree. Los verdes que se van cayendo electoralmente del burro, a la vez que giran en lo social hacia el centro y el FDP del que simplemente lo único que se puede decir es que es el palmero de la CDU. Más “derechista” que el resto de partidos social-liberales de Europa.

En el arco mediterráneo, el PD (Partito Democratico), donde habitan –muy escondidos- elementos del partido comunista, ha conseguido un muy buen resultado siendo el único país-de los grandes- donde la socialdemocracia puede decirse que ha salido victoriosa. Siendo esto simplemente algo anodino, nada tienen que ofrecer a la clase obrera italiana, y nada ofrecerán en el partido socialdemócrata europeo. Lo de Grillo y los suyos simplemente es de vomitar.

Resultado de las elecciones europeas 2014 en el Estado español.

Por su parte España y Francia se encuentran es situaciones diferentes y contrarias. Mientras entre los franceses la democracia burguesa da la victoria a sus elementos más reaccionarios a la clase obrera, en España –aunque no en la práctica- ha dado la victoria moral a aquella izquierda a la que nos referíamos, al igual que en Grecia aunque esta vez sí de facto. Pero, ¿son la nueva vía hacia el socialismo estas izquierdas (entre comunistas y progres de andar por casa)? Como ya he dicho, si consideramos sus discursos por el momento mucho me temo que no, aunque habrá que ver su evolución y se engendran en sí la necesaria concienciación de clase que va mucho más allá de la simple critica resultadista, para fijarse en las vías de destrucción sistémicas, y en la revolución proletaria como principio del fin último; el comunismo. La vieja perspectiva.

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